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Viaje en velero por el golfo de Cádiz

Tiempo de lectura: 8 minutos

Mi deseo siempre fue hacer algún viaje en velero durante unos días, más allá de navegar por aguas conocidas, como por la bahía de Cádiz, que ya me la sabía de memoria. Quería sentirme como un explorador a la antigua usanza, y descubrir sitios nuevos, que no había visto.

Con ese objetivo, quedé con mi pariente Francisco (familiarmente Paco) para que me acompañase durante un viaje en la época estival, y conocer la realidad de los viajes en el mundillo de la náutica. Las fechas que escogimos no fueron las mejores para navegar a vela, pero eran las únicas que el podía disponer debido a su trabajo. Fue a finales de agosto, cuando coincidimos para salir de la marina Elcano de Cádiz, donde yo tenía atracado un pequeño velero de 8 metros de eslora (longitud).

Primer día: viaje a Mazagón (Huelva) en velero

Mazagón en velero

Salimos sobre las 7 horas de la mañana, todavía de noche, y nos encaminamos dirección Mazagón (Huelva), que está al otro lado del golfo de Cádiz a una jornada entera de navegación, casi a 50 millas (92 km) de distancia.

Mazagón es un pueblo muy bonito de unos 4.000 habitantes con buenas playas y pinares, al lado del Coto de Doñana. Nada más encender las luces del barco, comprobé que la brújula, la cuál había sustituido hacía poco, no iluminaba las graduaciones de la rosa, por lo que no se veía el rumbo exacto al que nos dirigíamos. De todas formas sobre las 8 horas empezó a amanecer, y proseguimos el viaje con un tiempo nublado, comenzando a soplar viento a la altura del faro San Sebastian de Cádiz, lo que nos permitió navegar un  rato con las velas. 

Próximo a Rota observé que me estaba acercando bastante a la costa, marcando el profundímetro (mide la distancia al fondo del mar), sólo 5 metros. Motivo por el cual, tomé dirección hacia mar abierto hasta la boya que señala la entrada de los barcos en la bahía y, desde allí, corregí la trayectoria para rodear el arrecife que hay cerca Chipiona.

En ese momento Paco empezó a sentirse mal, con angustias, hasta que, de pronto, empezó a vomitar hasta la primera papilla que tomó en su infancia y el café que tomó a las seis de la mañana. Eso sí, le reconocí el mérito de aguantar estoicamente, no se aminoró, ni se vino abajo. No quiso desistir del viaje o recalar en Chipiona para recuperarse, por lo que continuamos la marcha. Durante todo el trayecto no se quejó de nada, inmutable al desaliento.

El trayecto fue largo y pesado, dejamos de ver la costa a partir de Chipiona, pues se escondió entre la lejanía y la bruma existente. Lo hicimos a motor, porque el mar estaba en calma sin viento, y el cielo nublado. Nos pasamos mucho tiempo navegando en zig zag, sorteando redes y boyas que estaban por todas partes.

En algún momento descubrimos a lo lejos por estribor (lado derecho del barco) unas formas oscuras y grandes que andaban cerca de algunos trasmallos (redes).  En ese momento, Paco que llevaba la embarcación, al ver los cetáceos, giró la embarcación en su dirección, pero yo me opuse porque podían ser perfectamente una manada de orcas, cuya afición por embestir embarcaciones es perfectamente conocida. Mejor evitar riesgos innecesarios.

A la caída de la tarde miré con los prismáticos para intentar ver algo, pero la bruma nos lo impedía. Al final sobre las 18 horas, empezamos a observar unas chimeneas y grúas en la dirección que seguíamos. Por fin, vimos la farola existente al inicio del espigón que señala la entrada de la ría de Huelva y de Mazagón. Nos fuimos aproximando al puerto deportivo, y a la entrada coincidimos con un velero ingles, y otro francés, atracando todos a la misma vez en el muelle de espera.Después nos asignaron un puesto de atraque, donde dejamos la embarcación. Sería sobre las 19 horas de la tarde. Habíamos tardado doce horas desde Cádiz.

Nos fuimos a las duchas y no funcionaban. Así que solo pudimos duchar el estómago tomando unas jarras de cerveza fría en un bar del puerto. Había que comer y nos fuimos al barco. Preparé la cena, que consistió en una sepia a la plancha con guarnición de tomate y cebolla aliñada. Para terminar el día nos acercamos hacia el centro de la ciudad, que estaba muy animado de turistas y de gente comiendo en los numerosos bares y restaurantes, y nos tomamos unos helados en una terraza al aire libre.

Segundo día: viaje a Isla Canela (Huelva) en velero

viaje a Isla Canela (Huelva) en velero

Al día siguiente, debido al cansancio nos relajamos un poco en la litera, nos levantamos sobre las nueve de la mañana. Desayunamos en el barco unas galletas y batidos de chocolate, e inmediatamente soltamos amarras en dirección a Isla Canela, que está a unas 25 millas náuticas (46 km) de Mazagón. Se trata de una isla que está cerca de Ayamonte y Portugal, que cuenta con una playa de varios km, urbanizaciones y campo de golf.

El día amaneció despejado y sin viento alguno. Así que no tuvimos más remedio, una vez más, que navegar a motor. Como la corredera que mide la velocidad del barco no funcionaba, no tuve más remedio que utilizar el GPS. Al tener el motor del velero sólo 10 cv de potencia, para no forzar su marcha, la velocidad se fijó entorno a los 4-4,5 nudos (8 km/h) como máximo.

Supongo que pensáis que es poca velocidad. Exacto, pero un velero no es un coche ni se le parece en nada, está diseñado para navegar con velas y no con motor. Otra cosa son las lanchas motoras, que si pueden alcanzar grandes velocidades.

La navegación discurrió cerca de la costa, observando las numerosas urbanizaciones existentes. Primeramente pasamos cerca de lo que parecía una refinería de petróleo. Se veían unas altas chimeneas soltando buena cantidad de humos contaminantes. Al lado estaba la ciudad de Punta Umbría. Más adelante, empezaron a surgir urbanizaciones con bloques de pisos y apartamentos al borde de la playa entre pinares.

Después de unas  cuatro horas de navegación nos encontramos a la altura de La Antilla, otra inmensa zona urbanística. Proseguimos la marcha y  al cabo de una hora más, pudimos observar por la proa (parte delantera del barco) la aparición de tierra y numerosos edificios, así como una inmensa construcción  parecida a una nave espacial (después comprobamos que era el faro de Isla Cristina). Nos fijamos en una especie de torreta negra que apareció en la lejanía. Formaba parte del extremo del espigón de entrada a la ría de Isla Cristina. Al aproximarnos, rodeamos una boya roja y nos internamos en la ría. Había mucho tráfico de embarcaciones y motos de agua, que se paseaban en total desorden. Seguimos a las embarcaciones, y al final antes de tomar una curva que forma la ría a la derecha hacia Isla Cristina, pudimos comprobar por babor (lado izquierdo del barco) la existencia de una escollera que indicaba “Puerto de Isla Canela”, tras la cual se encontraban numerosos mástiles de embarcaciones.

Rodeamos unos pesqueros que estaban anclados en medio de la ría y llegamos al puerto deportivo de Isla Canela. Serían sobre las cinco de la tarde y hacía un calor sofocante. Atracamos en el primer sitio que vimos libre y nos dirigimos hacia la oficina. Después nos asignaron un atraque donde ubicamos el barco, tras lo cual nos duchamos y aseamos dispuestos a conocer dicha urbanización.

Lo primero que hicimos fue comprar hielo para enfriar unas cervezas en el barco. Al volver al barco, comprobamos que lo habían movido del sitio, pues nos habíamos confundido con el atraque que nos asignaron. Nos  sentamos en una cafetería frente a la ría, donde tomamos unos refrescos.

Dimos un paseo a lo largo del espigón y nos sentamos en un bloque de hormigón viendo evolucionar las embarcaciones por la ría. Observamos un efecto curioso, y es que al bajar la marea, cosa que ocurre en el océano atlántico, se forma una fuerte corriente en dirección hacia el mar. De forma que a las embarcaciones les cuesta remontar la ría. Se dio el caso que la corriente se llevó por delante algunas embarcaciones fondeadas, las cuales estuvieron largo rato sin poder enganchar el ancla en el fondo, teniendo que ser remolcadas algunas de ellas por otras embarcaciones de auxilio.

pesqueros isla cristina

En la escollera, cerca de nosotros había una chica que no hacía más que  tallar una roca con un martillo. Después de un largo rato, Paco le preguntó que hacía, a lo que manifestó que era un recuerdo para alguien ya  desaparecido. Supongo que en el mar.

Empezó a oscurecer el día, y decidimos buscar algún lugar para comer, pues durante la jornada solo tomamos unos sandwiches. Encontramos una terraza al aire libre, que pertenecía a un restaurante francés. Allí nos instalamos en una de las mesas que estaban adornadas con velitas. Había poca gente así que nos atendieron de maravilla.

Comimos muy bien, sobre todo después de pasar tanta hambre, yo me pedí un cóctel de gambas y un atún a la plancha. Debo decir que fue el mejor atún que probé en mucho tiempo, pues tenía un sabor a mar excelente y se derretía en la boca. La velada continuó de forma agradable, pues al poco tiempo llegaron unos músicos que empezaron a tocar canciones melódicas y suaves, que contribuyeron a terminar el día de forma relajada.

Cuando llegamos al barco nos quedamos en la bañera (parte descubierta del barco donde se sienta la tripulación), bajo las estrellas, escuchando el  sonido de la lejana música melódica, con el fresquito de la noche. Nos tomamos unas cervezas y un ron que nos supo a gloria. Al poco, se escucho un repiqueteo insistente de golpes continuos. Observamos como en el pantalán de enfrente, un pez saltó del agua cayendo  dentro de una embarcación motora, y estaba intentando, dando coletazos, volver al líquido elemento, lo que no consiguió.

Tercer día: viaje a Chipiona (Cádiz) en velero

viaje a Chipiona (Cádiz) en velero

El siguiente día iniciamos la marcha a las siete de la mañana. Era de noche pero se podía navegar perfectamente pues estaba bien señalizada la ría con luces. Cuando salimos a mar abierto, nos dirigimos al 125 de la brújula (compás) dirección a Chipiona (Cádiz), que es un municipio grande que tiene unos 19.000 habitantes, y vive fundamentalmente del turismo y sus playas

Como en días anteriores, no existía la más mínima cantidad de viento, Paco tomo el timón y yo me acosté un par de horas hasta que lo  relevé sobre las diez de la mañana. Desayunamos lo de siempre galletas, cortadillos y batidos. Y proseguimos la marcha hacia Chipiona, cortando en línea trasversal el golfo de Cádiz. Era la navegación más alejada de la costa que hacíamos, pues  estábamos a unas diez millas de distancia (18,5 km).

La navegación la hicimos controlando con el GPS  la situación y velocidad de la embarcación, y así fuimos ganando millas en esta larga jornada. Por la tarde empezó a soplar viento del suroeste, lo que aprovechamos para ganar en velocidad, bien navegando solamente a vela, o juntamente con el motor. Intentamos pescar algo, pero no lo conseguimos. Al ir finalizando el día, apareció por el horizonte el faro de Chipiona, lo que nos confirmó el buen rumbo seguido. Este faro es el más alto de España, con unos 62 metros, por lo que se ve desde bastante lejos en el mar.

Entramos en el puerto deportivo y atracamos sobre las 8 horas de la tarde. Seguidamente fuimos al pueblo, que estaba muy animado de gente. Tapeamos en un bar, junto a la playa, unas coquinas, pavías, calamares y pulpo a la gallega. Terminamos la jornada tomando unos cubatas en un bar del puerto deportivo.

Cuarto día: viaje a Cádiz en velero

El último día de navegación amaneció soleado y con muy poco viento. Nos fuimos hacia el bajo de Salmedina, que es el arrecife que hay frente al pueblo, lo rodeamos, e intentamos navegar solamente a vela. Le cedí el mando a Paco para que pudiera practicar, navegando a diferentes rumbos.

A la altura de Rota, ante la cada vez más escasez de viento, pusimos de nuevo el motor y nos dirigimos raudos hacia el puerto del Elcano, donde llegamos sobre las dos de la tarde, acabando así la navegación.

Conclusiones: viaje en velero de 4 días

Fueron cuatro días de navegación pero no precisamente a vela, sino la mayor parte a motor por la falta de viento. A veces navegar no es tan bonito como nos lo pintan. Alguien se puede marear si no está acostumbrado. Después viene el estar todo el día en el mar, a pleno sol, aguantando el ruido del motor si no hay viento, yendo despacio a poca velocidad.

Y cuando llegas al puerto, estás muy cansado, duermes en una mísera litera en un espacio reducido, bastante incómodo, y comes mal. Pero es lo ideal para los que no tienen prisa, les gusta conocer sitios nuevos, el mar y la naturaleza. Y también para sentirse un poco aventurero. Una experiencia diferente que recomiendo y que merece la pena realizar.

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Apasionado de los viajes y del disfrute de la gastronomía.

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