Roma es sin duda la ciudad de las fuentes y de las plazas. Durante siglos, el agua ha sido el regalo preferido por cónsules en emperadores y papas, para mostrar al pueblo su poder y su generosidad. Todos los rincones de la ciudad eterna están adornados por fuentes de las formas más diversas, grandes o pequeñas, con alegres surtidores o mansos estanques.
Sin embargo, ninguna puede compararse con la fontana de Trevi, uno de los más hermosos monumentos al agua concebidos por el hombre. La excepcional obra que contemplamos hoy fue realizada en el siglo XVIII, pero la La construcción de una fuente en este lugar se remonta hasta los tiempos del emperador Augusto, hace algo más de 2000 años.
Aquí va uno de los artículos más densos e históricos que he escrito en mucho tiempo, aprender acerca de la historia de La Fontana di Trevi.
Índice
La leyenda de La Fontana di Trevi
Cuenta la leyenda que cuando las tropas de Agripa, el gran general romano, estaban a punto de morir de sed en las cercanías de Roma, apareció de improviso una misteriosa joven que indicó a los soldados el emplazamiento de un manantial escondido entre las rocas. Dos relieves colocados a ambos lados del arco central de la fontana guardan la memoria de este relato.

Después de que sus legiones calmaran la sed, Agripa, sorprendido por la pureza y la calidad de aquellas aguas, decidió erigir una conducción que las llevara hasta la ciudad de Roma. En honor de la doncella, el acueducto, construido el año XIX antes de Cristo, recibió el nombre de Acua Virgo y sus aguas abastecen desde entonces la ciudad eterna. El manantial se encontraba a 20 kilómetros de la ciudad y estaba a muy pocos metros de altura, de modo que fueron necesarias grandes obras de ingeniería para construirlo bajo tierra. En el relieve de la izquierda del arco aparece retratado el general Agripa, al que un arquitecto arrodillado muestra los planos de la construcción.
Tras la caída del imperio, Roma quedó a merced de los bárbaros y la mayoría de los acueductos fueron fueron destruidos. Lo que no arrasaron las guerras, los asedios y las invasiones, se lo llevaron los propios ciudadanos, que arrancaban las piedras para construir murallas y torres donde guarecerse. Pero gracias a su trazado subterráneo, el Acua Virgo logró sobrevivir a esos tiempos turbulentos y sus conductos traen hasta aquí, todavía hoy, el agua del manantial de Agripa.
La fuente actual
Pronto surgió la idea de reemplazar aquella fuente por otra más monumental, pero los proyectos se sucedieron durante siglos sin que ninguno llegara a acometerse. En el siglo XVII, el propio Bernini se ocupó del asunto, efectuando un cambio decisivo en la historia de la fontana. El genial arquitecto decidió cortar el acueducto, haciendo que muriera en la fuente para poder cambiar su orientación y disponerla perpendicular a él. Puede ver este cambio en la imagen B del folleto. La mancha oscura señala, superpuesto al plano actual, el antiguo emplazamiento del pilón en un costado del acueducto. De modo que fue Bernini quien creó esta pequeña plaza, que antes quedaba dividida por las arcadas del Acua Virgo.
Finalmente, en 1732, el papa Clemente XII con enfocó un concurso público para la construcción de una gran fontana. Los arquitectos más renombrados del momento presentaron sus proyectos, pero ninguno de ellos alcanzaba la gracia, la armonía y la desbordante vitalidad del boceto de Nicola Salvi, un joven apenas conocido que durante años había dudado entre dedicarse a la literatura, la medicina o la arquitectura, y que hasta entonces no había realizado ninguna obra de entidad.
Desde el momento en que ganó el concurso, Salvi dedicó todas sus energías a esta obra monumental, cuya construcción se prolongó durante 30 años. Minucioso y perfeccionista, prestaba una atención obsesiva al más mínimo detalle. La construcción de la gran fuente de Piazza Navona el siglo anterior, había hecho disminuir el caudal del agua Virgo disponible para Trevi, y Salvi tuvo que reparar en primer lugar las conducciones del acueducto, recorriendo incansable sus oscuras y estrechas galerías.
Las largas horas que pasó en los húmedos pasadizos subterráneos mermaron su delicada salud. La mitad de su cuerpo quedó paralizada y apenas podía desplazarse ya para supervisar las obras. Agotado y enfermo, Nunca pudo acometer otros proyectos de la envergadura de la fontana de Trevi, a la que con frecuencia se refería como su única obra. Pero ella sola es suficiente para situarle a la altura de los grandes artistas y italianos.
Los detalles de La Fontana di Trevi
Lo primero que llama la atención del visitante es que la fuente se encuentra en la fachada de un palacio, donde esperaríamos más bien encontrar su puerta de entrada. El espacio de los Conti había sido construido pocos años antes, pero su aspecto era bastante vulgar.
Para enmascararlo, Salvi ideó una fachada telón que se superpone a la verdadera y se integra en el diseño global con una armonía casi perfecta. Perfecta, creando una insólita unidad entre palacio y fuente nunca vista hasta entonces. Las dos alas de la fachada, diseñada por Salvi, que no solo no distraen de la contemplación de la fuente, sino que proporcionan su marco ideal. Las elegantes pilastras corintias de orden monumental remarcan las líneas verticales, mientras delicados frisos horizontales recorren de parte a parte todo el frente del monumento unido, formándose de este modo una red sutil de líneas de fuerza que no se hace notar, pero proporciona unidad y armonía a todo el conjunto.
El cuerpo central de donde surge la fontana, más alto y avanzado, está adornado con grandes columnas delante de las pilastras para darle aún mayor protagonismo. Tiene la forma exacta de un arco de triunfo, levantado para celebrar no las derrotas de pueblos extranjeros, sino la victoria de la vida, simbolizada por el agua en continuo movimiento. En su gran vano central se aloja la majestuosa figura barbada del dios océano, señor de todas las aguas y origen de la vida, realizada por Pietro Bracci.
Montado en un carro de conchas marinas, el Océano sale del Palacio de los Conti para inspeccionar sus dominios, como si desde el lejano manantial hubiera venido atravesando las conducciones del Acua Virgo. Su figura regia y solemne tiene el dorso girado y el pie izquierdo apoyado en un reborde de la concha para ayudarse a mantener el equilibrio mientras avanza sobre una superficie inestable. Se cubre con un amplio manto, agitado por el viento, y en la mano derecha sostiene un cetro, símbolo de su dominio, con el que parece ordenar el movimiento de las aguas. La colosal estatura, de más de seis metros de alto, confeccionada con enormes bloques de mármol, supera en tamaño incluso al David de Miguel Ángel y a los Dioscuros del Quirinal. El carro del Dios es tirado por dos briosos caballos alados, conducidos por tritones. El que marcha en primer término, a nuestra derecha, hace sonar una enorme caracola anunciando la llegada del Señor de las aguas, mientras el otro se queda rezagado, intentando dominar su montura que se encrespa desbocada. Estos dos caballos, representados en actitudes opuestas de docilidad y rebeldía, muestran la doble naturaleza del mar.
A ambos lados del dios océano, en los vanos menores del arco de triunfo, se encuentran dos figuras femeninas realizadas por Filippo de la Vale, que aluden a las virtudes del acuabirgo. La de la izquierda es una alegoría de la abundancia. Con ademán voluptuoso y seductor, deja el descubierto uno de sus brazos mientras alarga la mano para tomar una uva. La cornucopia, que lleva en su mano derecha, es símbolo de abundancia y fertilidad, y a sus pies tiene un cántaro del que siempre emana agua, junto a cuya boca han surgido ya algunas pequeñas flores. La sobria figura de la derecha simboliza la salubridad de estas aguas. Cubierta enteramente con una larga túnica, en contraste con la anterior, su ademán es casto y recatado. En la mano izquierda porta una lanza, símbolo de pureza, y en la derecha un cuenco con una serpiente, el conocido emblema de Esculapio, dios de la medicina. En la parte alta del arco de triunfo, rematando cada una de las columnas, vemos cuatro imágenes alegóricas que hacen referencia también a los efectos.
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